GEORGE WITHEFIELD... Una Voz de Trompeta
¿Has escuchado hablar alguna vez de George Whitefield? Este predicador nació en 1714 y murió en 1769 a la edad de 55 años. Whitefield fue reconocido por muchos como el mejor predicador del aire libre de su tiempo. Consideraremos algunos aspectos de su vida, obras y palabras. Esperamos que sea motivador.
George Whitefield, hijo de un mesonero, no tenía una figura imponente. Era delgado y alto, bizco, y el menor de siete hermanos. Recibió más castigos y golpes que los que merecía. Pero Dios le da a cada uno al menos un talento, y para George Whitefield ese talento era una voz- una voz como trompeta, una voz de león, una voz que podía escucharse a una milla de distancia, una voz que podía hacer estremecer las paredes, vibrar las ventanas, y producir lágrimas que corrían por las mejillas llenas de hollín de los mas fríos y duros mineros de ese tiempo…
Conversión. A pesar de ser muy pobre pudo realizar sus estudios universitarios como ‘estudiante servidor’ (estudiante que servía a otros estudiantes) en Oxford. Allí escuchó de un club juvenil llamado “el club santo”, liderado por los hermanos Wesley. Charles Wesley invitó a George a unirse al grupo, quien se asoció con ellos aunque todavía no había experimentado el nuevo nacimiento. Su conversión a Cristo incluyó una larga lucha espiritual, con ayunos que lo pusieron al borde de la muerte. Dios usó un libro “La vida de Dios en el alma del hombre” escrito por Henry Scougal, para traerlo a su redil.
Culpable de entusiasmo. Se graduó y fue ordenado como diácono en 1736 a los 21 años. Su primer sermón fue predicado en la iglesia de Gloucester y fue realizado con tanto poder y elocuencia que lo acusaron de volver locos a quince de los presentes. Pronto su fama produjo que la Iglesia Anglicana lo persiguiera, pues se lo encontró culpable de “entusiasmo”.
A la calle. Debido a que poco a poco los púlpitos de la Iglesia Anglicana le eran prohibidos, tomó una decisión escandalosa. Hizo lo impensable en un ministro ordenado. Comenzó a predicar fuera de las iglesias. El aire libre no sólo era inaceptable, indigno y sucio, sino que era ilegal. Cuando Whitefield predicaba se reunían cientos y miles. Predicaba diariamente, y en una ocasión se hizo el cálculo de más de cincuenta mil personas reunidas para escucharle.
Un día en la vida de Whitefield. “Prediqué esta mañana en Moorfields a unas veinte mil personas, quienes estaban en silencio, atentas, y muy afectadas. Fui a una reunión de adoración pública por la mañana, a otra por la tarde, y a las seis prediqué en Kennington. Lo que vi no lo había visto antes. Creo que allí había no menos de cincuenta mil personas y aproximadamente ochenta carruajes, aparte de un gran número de caballos. Dios ensanchó mi corazón. Continué con mi discurso por una hora y media, y cuando volví a casa estaba lleno de tanto amor, paz y gozo que no lo puedo describir”
(Extracto de “George Whitefield- Siervo ungido de Dios en el gran avivamiento del siglo dieciocho, pág. 52. En inglés). Whitefield Gold p.1
Predicando la Ley. He aquí un pequeño extracto de uno de sus sermones titulado: la simiente de la mujer. “¿Qué has hecho?” Gn. 3:13 “Dios la despertó (a Eva) para que se diera cuenta de su crimen y del peligro, y puso truenos en sus oídos: porque la Ley debe ser predicada a los pecadores que se autojustifican. Asegúrate que los pecadores escuchen los truenos del Monte Sinaí antes de traerlos al monte Sion. Aquellos que nunca predican la Ley, deben ser temidos, no están calificados para administrar las gloriosas verdades del evangelio. Cada ministro debiera ser un Boanerges, un hijo del trueno, como así
también un Bernabé, un hijo de consolación. Hubo un terremoto y un torbellino antes que apareciera la suave voz que hablara a Elías. Debemos, primero, mostrar a las personas que ellas están condenadas y, luego, mostrarles cómo ser salvas. Pero ¿Cómo y cuándo predicar la Ley, y cuándo aplicar las promesas del evangelio? La sabiduría nos es provechosa para indicarnos. `Y Dios dijo a la mujer ¿Qué es lo que has hecho?’”.
Con piedras en el bolsillo. Henry Tanner, nació en Exeter; a los veintiséis años estaba trabajando en Plymouth, en el puerto. Un día, mientras trabajaba, escuchó, a una distancia considerable, la voz de Whitefield, quien estaba predicando al aire libre; y concluyendo que ese hombre estaba loco, junto a otros seis compañeros, con los bolsillos llenos de piedras, se dirigió a donde estaba el predicador para derribarlo. El texto de Whitefield era Hch. 8:19-20. Tanner escuchó asombrado; y sin usar sus piedras, se fue a casa, tomando la determinación de volver para escucharlo la tarde siguiente. El texto en
esta ocasión era Lc. 24:47; y Tanner estaba en tal agonía de alma, que fue forzado a clamar: “¡Ten misericordia de mí, oh Dios, un pecador”. La noche siguiente, mientras Whitefield estaba predicando acerca de la escalera de Jacob, Tanner encontró paz con Dios… Diez años después de su conversión, Tanner se mudó a Exeter, y comenzó a predicar con gran éxito.”
Whitefield y Wesley. George Whitefield trabajó junto a John Wesley en los comienzos, pero posteriormente tuvieron serios desacuerdos a causa de los ataques de Wesley contra la doctrina de la predestinación. Aunque esto los dividió, nunca dejaron de ser amigos. Whitefield dejó establecido que el predicador en su funeral fuera el mismo Wesley. Para muchos, Whitefield ha sido el mejor predicador que ha producido Inglaterra.
Aunque John Wesley es conocido como el fundador del Metodismo, en realidad Whitefield fue el pionero de la mayoría de los métodos usados en el “Gran Avivamiento” de los años 1700 -predicaciones evangelísticas al aire libre, conferencias de pastores, establecimientos de escuelas, orfanatos, y publicación de revistas.
En un tributo a Whitefield, Wesley dijo “¿Habremos escuchado o leído de alguna persona que llamara a tantos miles, tantos como una miríada de pecadores al arrepentimiento? Pero sobre todo, ¿hemos leído o escuchado de alguien que haya sido el bendito instrumento de Dios para traer tantos pecadores de la oscuridad a la luz, y del poder de Satanás hacia Dios, como Whitefield?”
Whitefield y Franklin. En 1739 Whitefield y Benjamín Franklin se conocieron, y a pesar de sus grandes diferencias, se hicieron grandes amigos. Franklin relató lo siguiente de una visita a una de sus reuniones: “Durante uno de sus sermones percibí que él tenía la intención de terminar solicitando una ofrenda, y silenciosamente resolví que no obtendría nada de mí. Tenía en mi bolsillo un manojo de monedas de bronce, tres o cuatro dólares de plata, y cinco *doblones de oro. Mientras él prosiguió comencé a ablandarme y decidí darle las monedas de bronce, otra pincelada de su oratoria me hizo sentir avergonzado de ello y resolví darle también las monedas de plata y él concluyó tan admirablemente que vacié mi bolsillo enteramente en el plato de la ofrenda, con oro incluido”
(20 Centuries of Great Preaching; Volumen 3- Waco TX: Word Books Publishing, 1974, pág. 109. En inglés) Whitefield Gold p. 158.
Del anecdotario. En mayo de 1750, después de oír predicar a Whitefield, John Thorpe y tres amigos fueron a imitarle burlonamente a una taberna. Cuando llegó su turno, Thorpe, tomó una Biblia se subió a una mesa y gritó, “si no os arrepentís todos pereceréis”. De repente, fue impactado por la realidad de su pecado y allí mismo se arrepintió y comenzó a predicar de verdad. Dos años más tarde llegó a ser uno de los predicadores itinerantes de John Wesley.
Una vez predicó sobre el texto de Mateo 25:10 que dice: "y se cerró la puerta" (Mt. 25:10). Entre los asistentes se escuchó a un hombre diciéndole a otro: “¿Y qué? Otra puerta se abrirá." Pero Whitefield siguió predicando y dijo: "Podría haber alguien aquí, indiferente y satisfecho consigo mismo, que diga: "¿Qué importa si la puerta se cierra? Otra se abrirá." Sí, así es, otra puerta se abrirá. La puerta que lleva al abismo sin fondo, ¡la puerta del infierno!"
Una frase del último mensaje de Whitefield en público (a la mañana siguiente partió para estar con su Señor): “¡Obras! ¡Obras! Un hombre podrá entrar en el cielo por obras tan pronto como yo descubra que se puede escalar a la luna con una soga…”
ELOCUENCIA natural
Tenía una capacidad que fue usada por el poder del Espíritu Santo. David Garrick, el más grande actor de Inglaterra de ese tiempo, dijo que George Whitefield tenía tal dominio de su voz, que podía hacer que una persona llegara a estar eufórica o llorara como un niño con la sola inflexión de la palabra “Mesopotamia”. Y para expresar cómo envidiaba a Whitefield, exclamó: “¡daría cien libras (toda mi fortuna) por decir ‘¡Oooh...!’ como George Whitefield!”.
Benjamín Franklin estimó que la voz de Whitefield podía ser oída por más de 30,000 personas al aire libre - en una época en la que no había amplificadores. Este predicador se esforzaba tanto y predicaba con tal intensidad, que con frecuencia, después de predicar, sufría “una vasta descarga estomacal (vómitos), usualmente con una considerable cantidad de sangre.”
SANTIDAD personal
“Sobre todo él era un gran santo; lo fue durante su vida hasta que falleció. Este fue el mayor secreto de su predicación de poder” (Lloyd-Jones). Su ansia y anhelo aún antes de conocer a Cristo era la santidad. Whitefield, siendo estudiante servidor (estudiante que trabajaba ayudando a estudiantes adinerados) y sin haberse convertido a Cristo formó parte del “Club Santo” de los hermanos Wesley. Durante su vida su bandera fue la santidad.
A pesar de las tentaciones que venían con su gran éxito, su popularidad en América y en Inglaterra, Whitefield nunca cayó en faltas sexuales o de dinero, ni tuvo afán por crear una denominación con su nombre. Su carácter reflejaba al de los santos bíblicos de los cuales hablaba, y su obra de compasión por los niños huérfanos lo mantenía casi siempre al borde de la quiebra, a pesar de que de ambos continentes recibía ayuda económica.
Procuremos la santidad, sin la cual ninguno verá al Señor. Esta es una verdad para cada día. Dios se da a conocer a los santos. ¿Quiénes son los verdaderos conocedores de Dios? No fueron los doctores de la ley ni los fariseos hipócritas, sino el publicano contrito y humillado, la samaritana arrepentida, el ciego de nacimiento renacido; fue Pedro en la barca, y Pablo en la casa de Ananías orando y ayunando. Hoy mismo: examínate, confiesa tus pecados y lava tu
conciencia en la presencia del Señor. Mira Su santidad y teme, empápate de Su gloriosa hermosura y dile: “¡Ay de mí que soy muerto!” Pasa tiempo junto a la cruz y no salgas de allí hasta que no veas la miseria en que has caído, pues siendo un renacido no hablas de Él; teniendo la mente de Cristo no piensas como Él, siendo salvo por la eternidad te mueves por lo terrenal y no lo eterno. Sé santo, porque Él es santo.
Desde el púlpito George Whitefield proclamaba: “Es mejor ser un santo que un conocedor. De hecho, la única manera de ser un verdadero conocedor es procurando ser un verdadero santo.”
COMPASIÓN por los perdidos
Él tenía la convicción que los pecadores estaban dirigiéndose al infierno eterno. Su compasión le movía a predicar, a no callar, a entregarse por entero por la causa del evangelio. No tenía mayor meta que la de alcanzar a los que iban a la condenación. La urgencia y peligro en que veía a las almas le hacía declarar: “Estoy dispuesto a ir a prisión o aun la muerte por ustedes; pero no estoy dispuesto a ir al cielo sin ustedes. El amor de Jesucristo me constriñe a levantar mi voz como trompeta. Mi boca ahora habla de la abundancia del amor que tengo por vuestras almas preciosas e inmortales; y podría alargar mi discurso no sólo hasta la medianoche, sino hasta que no pueda hablar más”
(“Los sermones de Whitefield”- Grand Rapids, MI: Christian Classic Ethereal Library- Sermón “Presencia del Espíritu Santo en el creyente, privilegio común de todos los creyentes”. En Inglés). Whitefield Gold p. 67
“¡Oh, si pudiera hacer más por Él! Oh, si fuera una llama de fuego santo y puro, y tuviera miles de vidas para invertir en el servicio de mi amado Redentor… la visión de muchas almas pereciendo me afecta tanto y me hace desear, si fuera posible, ir de Polo a Polo, para proclamar el amor redentor”
CONSAGRACIÓN y dedicación
En sus giras misioneras, Whitefield atravesó trece veces el océano Atlántico viajando siete veces a América y más de doce a Escocia, Irlanda, Bermudas y Holanda. “Si hubo un hombre que se consumió a sí mismo en el servicio a Dios, ese fue Whitefield. Era infatigable e implacable en sus esfuerzos para ganar almas. A través de su vida disfrutó la presencia de Dios en su predicación. Aún en su último día en este mundo él predicó, aunque estaba muy enfermo. Era un hombre cuyo único deseo era predicar a Cristo crucificado” Nigel Clifford
En una carta a otro ministro escribió: “No temas a tu débil cuerpo; no moriremos hasta terminar nuestro trabajo. Los siervos de Cristo tenemos que vivir de milagro, si no, yo ya no viviría porque sólo Dios sabe lo que tengo que soportar diariamente. Mis continuos vómitos casi me matan y el púlpito es lo único que me cura.”
“Él insistía a los ministros que no estuvieran satisfechos con predicar los domingos solamente, sino que lo hicieran los siete días de la semana. Que predicaran al aire libre y no quedaran limitados por sus propias parroquias, sino que fueran adonde estaban las almas perdidas y les proclamaran la gracia de Dios. Tales acciones, él les aseguraba, les traería oposición de las autoridades y el odio del mundo, pero también serían testigos de la bendición de Dios” Arnold A Dallimore
“Él, pocas veces, por no decir nunca, predicó un sermón sin lágrimas” Cornelious Winter
“Profeso ser miembro de la Iglesia Anglicana; pero si ellos no me dejan predicar en una iglesia, yo predicaré en cualquier lugar. Todo el mundo es mi parroquia, y predicaré donde Dios me dé la oportunidad. Nunca me encontrarás discutiendo acerca de las cosas externas de la religión. No me digas que eres Bautista, o Independiente, o Presbiteriano, o Disidente: dime que eres un cristiano. Esto es todo lo que deseo. Esta es la religión del cielo y debe ser la nuestra aquí en la tierra”
(Tyerman, Vol. 2 p. 567- en Inglés) Whitefield Gold p. 59
Ante el consejo de sus doctores de no continuar su incesante actividad, Whitefield insistía: “Prefiero desgastarme que oxidarme.”
La clase de hombre. Cuando este santo de Dios pensaba en su muerte decía: “Cuando muera, deseo que en mi tumba diga: ‘Aquí descansa George Whitefield; sólo en el día final se sabrá qué clase de hombre fue’.” Gracias a Dios que antes del día final podemos saber y ser afectados por esta clase de hombre. Ora, mi hermano, conmigo: “Señor yo quiero ser esa clase de hombre”. Amén
EVANGELIO PURO
Bien dijo de él Leonard Ravenhill: “¿Cuál era el secreto del éxito de Whitefield? - Pienso que eran tres cosas: él predicaba el evangelio puro, él predicaba el evangelio con poder y él predicaba el evangelio con pasión”. En sus prédicas estaba presente la cruz y la gracia; el pecado, la justicia, y el juicio. El evangelio que predicaba con poder tenía algunos condimentos que faltan en púlpitos modernos. A continuación compartimos algunos puntos que hacen la gran diferencia:
a- Whitefield hablaba siempre a la conciencia. “Conciencia, conciencia, conciencia; la linterna de Dios. Que Él te ayude a alumbrara un pobre pecador al conocimiento de sí mismo. Te encargo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo…. ¡0h conciencia! Tú que eres un fiel monitor, permite que cada uno te escuche. Si la conciencia comenzara a hablar, ¿Qué diría?...”
En sus mensajes no abordaba al pecador hablando del amor de Dios, no apelaba a la necesidad de autovaloración como escuchamos en predicaciones modernas. Directamente lanzaba la Palabra divina como una flecha hacia la conciencia. Y tocaba el punto sensible del alma. Él les confrontaba diciendo “¿Tienes miedo de las reflexiones de tu propia mente, pero con todos tus artificios y toda tu resolución, las tratas de evitar? ¿No te sigue la conciencia hasta tu cama, aunque no quieras encontrarte con ella en el vestidor? Ella, con una voz “no bienvenida” te advierte: ‘eres negligente con tu alma, y muy pronto estarás perdido’. ¿No te sigue a tus negocios, tus campos, cuando estás muy ocupado allí?”
El lenguaje de la conciencia es el lenguaje de la ley y el pecado. Este predicador rogaba a los presentes “Oh, humíllate, humíllate. Te suplico, por tus pecados…. Mira atrás a tu vida, a los pecados de tu juventud” - y les hacía verse a sí mismos como el hijo pródigo, el publicano, el más miserable pecador. Su visión siempre iba en esa dirección. La persona debía ser acusada por la conciencia, verse culpable de quebrantar la ley divina, y entonces les llevaba al destino eterno que les esperaba….
b- Whitefield hablaba siempre del juicio y el infierno. “En el Día del juicio, tus oraciones y lágrimas no tendrán valor. Ellas no te servirán, el Juez no será conmovido: porque tú no le oíste cuando te llamó; sino que le despreciaste a Él y a sus ministros, y no dejaste tus iniquidades… Tú puedes decir que esto es entusiasmo y locura; pero, en aquel gran día, si tu no te arrepientes de tus pecados aquí, encontrarás que tus propios caminos eran locura”
(“Los sermones de Whitefield”- Grand Rapids, MI: Christian Classic Ethereal Library- Sermón “Un corazón penitente, el mejor regalo del nuevo año”. En Inglés)
Las palabras de este siervo encendido para Dios eran dichas siempre ante la expectativa de la venida de Cristo y razonaba con los pecadores acerca de la importancia de ser justificados aquí. “Algunos hablan de ser justificados en el Día del Juicio; esto es una locura; si no eres justificado aquí, no serás justificado allí.”
En un mensaje acerca de la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente decía: “Oh, como Satanás les tiene cautivos a su voluntad, al engañarles diciendo que los tormentos del infierno no son eternos, que Dios es todo misericordia, que Él no castigará algunos años de pecado con una eternidad de miseria…” Y en otra ocasión: “¡Piensa en la muerte!, ¡Piensa en el juicio! Aún un poco más y el tiempo se acabará; y entonces, ¿Qué sucederá si el Señor no es tu justificación? ¿Piensas que Cristo te perdonará? ¡NO! el que te formó no tendrá misericordia de ti, Cristo mismo pronunciará tu sentencia: ‘apartaos de
mí, hacedores de maldad, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles’ ¿Piensas que puedes vivir en un fuego eterno? ¿Es tu carne de bronce y tus huesos de acero? ¿Y qué si lo fueran? El infierno de fuego, el fuego preparado para el diablo y sus ángeles, los calentará una y otra vez”
c- Whitefield hablaba siempre de arrepentimiento y conversión. Tanto lo uno como lo otro están unidos a la cruz y la gracia de Dios. Sin estos no hay manera en que el ser humano sea salvo. “¿Hay algún inconverso aquí? Sin duda que hay muchos. ¿Ha venido alguno esta mañana, movido por la curiosidad, para saber qué tiene que decir este charlatán? Muchos, tal vez, están contentos de que este sea mi último sermón, y que Londres estará libre de un monstruo; pero seguramente no puedes estar enojado conmigo por mi deseo de que la gracia de Dios esté con todos ustedes ¡Oh, que pudiera ser así con toda alma inconversa! ¡Oh, hombre! ¿Qué harías si la gracia de Dios no esté contigo? Mis hermanos, no pueden estar sin la gracia de Dios cuando mueran. ¿Sabías que sin ella no eres nada sino el diablo encarnado?... Cuando comencé a predicar en las calles, proclamé la gracia de Dios al peor de los pecadores; y ahora la proclamo al más vil pecador bajo el cielo. ¡Oh, que pudiera hablar tan fuerte que todo el mundo me escuchara, y declararía que la gracia de Dios es libre para quien desea recibirla a través de Cristo! ¡Dios permita que tú lo desees en este día!”
(De un sermón predicado el 23 de febrero de 1763, citado en Tymerman, Vol. 2, pp. 459-460. En Inglés)
En su sermón “Caminando con Dios” clamaba a los presentes: “¡Detente, detente, ¡oh, pecador! Vuelvan, vuelvan, ¡oh, inconversos, porque el fin del camino por el que están caminando, aunque sea recto a vuestros ojos enceguecidos, será muerte, y llevará a la destrucción del cuerpo y el alma! No te demores. Yo te digo: te hago responsable del peligro en que te hallas. Detente, no des un paso más en el camino en que vas. Porque, ¿qué sabes, oh, hombre, si el próximo paso que des no será en el infierno? La muerte puede alcanzarte, el juicio encontrarte, y entonces una gran sima habrá entre ti y la gloria para siempre jamás”
Whitefield dejaba en claro a los oyentes lo que significaba el nuevo nacimiento: “El ser nacido de nuevo desde arriba, significa recibir un principio de nueva vida, que ha sido impartida a nuestros corazones por el Espíritu Santo, cambiándote, dándote nuevos pensamientos, nuevas palabras, nuevas acciones, nueva visión, de tal forma que las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas en nuestras almas”
Su llamado a casa. “Aunque Whitefield sufría de asma nunca dejó de predicar diariamente sus sermones. En varias oportunidades, luego de predicar, tenía vómitos de sangre por el esfuerzo realizado. El 29 de septiembre de 1769 estaba en Exeter, New Hampshire, donde oró: “Señor Jesús, estoy cansado en tu trabajo, pero no de tu trabajo. Si todavía no terminó mi camino déjame ir y hablar por ti a los campos, sellar tu verdad, y volver a casa a morir”. Aunque apenas podía mantenerse en pie, Whitefield predicó por dos horas acerca de “la fe y las obras”. Esa noche en casa de un amigo, luego de la cena, le pidieron que dijera unas palabras a los presentes, antes de ir a la cama. Con una vela en su mano y parado al pie de la escalera les habló hasta que la vela se apagó en la palma de su mano. Comentó a su compañero que su asma estaba retornando y dijo: “estoy muriendo”. Partió para estar con el Señor a las 6.00 de la mañana.
gerardo 11 de Abril de 2010 a las 23:15 Hs.
santidad, santidad, mas santidad...que lo escuchen los falsos apostoles del siglo xx...santidad, hombres de santidad son lo verdaderos apostoles que cambian al mundo y dejan huellas.
rosie 04 de Abril de 2010 a las 1:14 Hs.
Oro por hombres asi! hombres Mexicanos que Dios pueda usar para transformar nuestra Nacion idolatra!
DANIEL 08 de Diciembre de 2009 a las 0:20 Hs.
Exelente quiero ser como este hombre su biografia a tocado mi corazon es tiempo de que se levanten los verdaderos predicadores.
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